III
Hoy, por el reflejo de mi ventana, he visto una robusta caja inalterable en movimiento. Cerrada, clausurada, vedada del exterior cumpliendo cual pena.
Las personas no somos tan distintas de una caja. Permanecemos cerradas la mayor parte del tiempo, ocultando nuestro interior mediante una sólida tapa que nos cubre y ahoga la luz. Sólamente cuando sabemos que el resultado de abrirla será satisfactorio, lo hacemos, pues lo contrario significa la muerte. No obstante, no controlamos las situaciones, ya que no controlamos la mente de los demás. Como no solemos levantar la pesada tapa de nuestra alma, los ojos ajenos nunca consiguen descifrar lo que en realidad guarda, y eso deriva en la invención, imaginación y condena por parte suya.
Ante su incapacidad para averigüar aquello que escondemos, las demás personas se limitan a pensar, a intentar hallarlo por sí mismas, fracasando siempre y siempre fracasando. Finalmente, optan por creer que su invención es la verdad, lo que nos convierte en meras cajas subestimadas y encasilladas en unos valores para nada nuestros, que ni abriendo nuestra alma al completo conseguiremos librarnos.
Saben lo que poseemos sin saberlo, pues la verdad a voces no tiene por qué ser cierta, llegando al extremo de ponernos los candados más fuertes jamás creados a nuestro alrededor juntamente con las más versátiles y siniestras cadenas fuertemente anidadas en nuestro espíritu. Con este gran lazo, sólo se nos permite entreabrirnos ligeramente, sin llegar a alzar nuestra oxidada tapa. La única vía para deshacer nuestras ataduras es desaparecer por un tiempo, lamernos las heridas y acostumbranos a mantener la puerta siempre abierta para regresar como nos merecemos, sea para bien o para mal, pero con la verdad al frente.
Hoy, por el reflejo de mi ventana, he visto la caja de pandora que mora en nuestro interior.
Foto: steelgohst
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